Hay momentos en la vida en que las palabras no alcanzan; cuando el dolor aprieta, la incertidumbre nubla el camino o la alegría nos desborda sin saber cómo agradecer, entonces muchos levantamos la mirada buscando ese rostro sereno y conocido: el de la Virgen del Cisne que no hace falta explicar quién es, simplemente está y creer en ella no nos hace débiles ni ingenuos; nos permite reconocer que hay cargas que pesan demasiado y que necesitamos, alguna vez sentir que alguien nos sostiene, bendiciéndonos con paz interior.
El poder de la devoción no se agota en lo individual; la Virgen toca corazones uno a uno, sí, pero su presencia tiene una fuerza extraordinaria para unirnos como comunidad; cuando las calles se visten de flores y colores, las familias se reúnen para cumplir una promesa o acompañarla en su trayecto hasta nuestra ciudad; alegrándonos el alma entera a ricos, pobres, jóvenes y ancianos, sanos, enfermos, propios y extraños; arrodillándonos todos ante la misma Madre y las diferencias se desvanecen para hacernos más humanos; esa es la fuerza silenciosa de la devoción por la Churonita.
Sin pretender que nos solucione todos los problemas, ni que las dificultades dejen de llegar; puesto que el dolor es parte de la existencia; sin embargo; solo nos ofrece la certeza de que no estamos solos, que contamos con su intercesión incondicional por nosotros ante Dios. Y eso, queridos lectores, es un consuelo que nada ni nadie nos puede arrebatar.
Talia Guerrero Aguirre
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