La grandeza de una respuesta

En una audiencia judicial, mientras se debatía un asunto estrictamente jurídico, uno de los abogados, apartándose del tema en discusión, lanzó a su colega un reproche tan duro como inesperado:

–          Usted solo busca perjudicar por represalias y sembrar la discordia, dijo el letrado de la parte demandada.

Por un instante, el silencio ocupó el lugar de las palabras. Entonces, el jurista de la parte actora, un profesional forjado por la experiencia y la serenidad, respondió con admirable calma, altura ética y profundo sentido humanístico:

–          En toda mi vida profesional he procurado ejercer el Derecho al servicio de la dignidad humana, la solidaridad y el respeto al prójimo. Siempre he elegido el camino de la nobleza y la concordia; nunca el odio ni la venganza. Porque el verdadero humanismo jurídico no obliga a herir para defender la verdad para hacer justicia y preservar la dignidad humana.

Aquella contestación no sólo puso fin al incidente, sino que también nos recordó -con las excepciones de rigor- una verdad que muchos olvidamos: la auténtica grandeza de una persona no se revela cuando todo le favorece, sino cuando tiene motivos para responder con dureza, y, aún así, elige la serenidad, el respeto y la concordia.

El odio y la venganza son dos de las adversidades más antiguas y destructivas del ser humano. Prometen justicia, pero solo dejan heridas; aparentan fortaleza, pero terminan debilitando el espíritu. Quien vive alimentándolos pierde, poco a poco, la capacidad de mirar al otro con humanidad.

De allí que la tarea más urgente del hogar y de la escuela no sea únicamente formar profesionales brillantes, sino seres humanos honrados, rectos, decentes, honestos y virtuosos. Porque toda transformación social comienza cuando aprendemos a dominar nuestros impulsos y a responder con la inteligencia del corazón.

Ojalá llegue el día en que comprendamos que la mayor victoria no consiste en derrotar a alguien, sino en vencer aquello que pretende envilecer nuestra alma. Al fin y al cabo, la vida siempre termina honrando a quienes deciden sembrar amor donde otros insisten en cultivar el resentimiento.

Nunca es tarde para comenzar de nuevo. Frente a la violencia verbal, el camino será siempre el respeto, el diálogo, la empatía y, sobre todo, la dignidad humana.


Jaime A. Guzmán R.

jaimesntonio3@gmail.com

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