Vivir es inevitablemente un acto político

Vivir es inevitablemente un acto político, que no implica la militancia de un partido; está en cada decisión que modifica el espacio que compartimos, y comienza mucho antes de las urnas, está en cómo tratamos al otro, en la responsabilidad con la palabra, en la capacidad de disentir sin destruir, pero, sobre todo, en la ética con la que ejercemos cualquier forma de poder.

Loja ha tenido alcaldes de distintas épocas, temperamentos y resultados; algunos dejaron huellas luminosas, otros no tanto. Pero estos días, cuando despedimos y recordamos a Rubén Ortega Jaramillo, resulta inevitable volver la mirada hacia una forma distinta de entender la vida pública. Jurista, escritor, catedrático, cronista y hombre de Estado, Ortega fue alcalde de Loja entre 1970 y 1974, y ocupó posteriormente importantes responsabilidades en la administración pública, la judicatura, y la producción literaria.

Pero quizá su mayor legado no esté únicamente en los cargos que ejerció, sino en cómo lo hizo, por eso resulta inevitable contrastar aquella estatura pública con ciertas escenas contemporáneas. Los recientes enfrentamientos verbales entre actores políticos locales no aportan al debate democrático. Por el contrario, cuando la discrepancia se transforma en insulto y la política en confrontación personal, la ciudadanía termina pagando el precio, pierde la confianza y deja de creer en quienes deberían representarla.

Sin idealizar el pasado es oportuno considerar que la democracia también se sostiene en la ética de la palabra. Una sociedad podría soportar el desacuerdo, pero difícilmente podría sostener la pérdida de convicción, cuando las posiciones cambian al ritmo de la conveniencia y la palabra empeñada deja de tener valor.

Quizá por ello, recordar a caballeros como Rubén Ortega, no es un ejercicio de nostalgia, sino de responsabilidad. Su vida nos recuerda que la función pública puede ejercerse con conocimiento, dignidad y principios, porque al final, cuando quienes ocupan temporalmente el poder se marchan, no quedan los gritos ni las disputas, sino su obra e integridad.

Lucía Margarita Figueroa Robles

lucia.figueroa@unl.edu.ec

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