El efecto Golem toma su nombre de una antigua leyenda de la tradición judía. Inspirados en ella, los psicólogos Elisha Babad, Jacinto Inbar y Robert Rosenthal describieron un fenómeno según el cual las bajas expectativas que una persona proyecta sobre otra pueden terminar reduciendo su rendimiento. Quien es tratado constantemente como incapaz acaba, muchas veces, creyéndolo.
Aunque este concepto pertenece a la psicología, constituye una útil analogía para comprender ciertos procesos políticos. Las sociedades también construyen expectativas sobre sí mismas. Cuando una comunidad interioriza que nada puede cambiar, esa convicción deja de ser una opinión para convertirse en una fuerza que condiciona la acción colectiva.
En Ecuador, el desencanto con la política ha dado lugar a una frase repetida hasta el cansancio: «todos son iguales». La afirmación parece expresar una crítica, pero también encierra un riesgo: aceptada como verdad absoluta, termina desalentando la participación ciudadana y fortaleciendo la resignación.
Noam Chomsky ha señalado que el poder no siempre se sostiene mediante la coerción. También puede consolidarse delimitando aquello que la sociedad considera posible pensar y discutir. Cuando los límites del debate público se estrechan y la resignación se normaliza, la dominación deja de depender de la fuerza y comienza a reproducirse a través de las propias creencias de los ciudadanos.
Esta resignificación no es neutral: beneficia sobre todo a quienes siempre han vivido del poder. Mientras el ciudadano común interioriza que «todos son iguales» y se repliega a su supervivencia individual, quienes ya ocupan posiciones de privilegio no compiten contra proyectos alternativos, sino contra la nada. Un electorado convencido de que nada cambiará no exige, no fiscaliza, no organiza. La resignación, lejos de ser una postura crítica, termina siendo la condición de reproducción más cómoda del poder.
Estas ideas encuentran eco en la familia, la escuela y los medios, espacios que sin proponérselo transmiten expectativas de impotencia. El resultado es una ciudadanía que concentra su esfuerzo en la supervivencia individual mientras renuncia a incidir en los asuntos públicos.
La neutralización más eficaz no consiste en prohibir la participación, sino en convencer a las personas de que participar no tiene sentido.
Las democracias no se debilitan únicamente por la corrupción o la ineficiencia institucional; también se deterioran cuando los ciudadanos dejan de creer en su capacidad para influir en el rumbo colectivo. Toda transformación histórica comenzó cuando alguien decidió desafiar aquello que la mayoría consideraba imposible.
Víctor Antonio Peláez
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