Hoy que el silbato ha inaugurado la fiesta mayor del fútbol, las calles de nuestro Ecuador se visten de tricolor. Se siente en el aire una electricidad colectiva, como tregua que suspende los desencuentros cotidianos para fundirnos en un abrazo fraterno. Es la magia de los once guerreros en la cancha, la hermosa quimera de ver a nuestro equipo romper los pronósticos, avanzar etapas, desafiar a los gigantes y regalarle a esta nación una alegría indeleble. Y es que el fútbol tiene ese superpoder de ser el espejo donde elegimos vernos felices, unidos y capaces de alcanzar lo inalcanzable.
Sin embargo, cuando fijamos la mirada más allá del césped iluminado, surgen preguntas como ¿Por qué esa energía unificadora se evapora cuando la pelota deja de rodar? ¿Por qué nos cuesta tanto armar el mismo equipo, con la misma garra y clamor, cuando el partido se juega en el asfalto frío de la crudeza nacional?
Necesitamos que la pasión que hoy desborda los estadios sea el combustible para defender la vida en nuestro propio territorio.
Qué bonito sería vivir esa unidad, no solo en las alegrías, sino también ante las pérdidas que nos desgarran el pecho. Casos como el de Mónika Silva, cuya lucha anticorrupción y ambientalista fue callada por la violencia, o el dolor de tantos estudiantes universitarios arrebatados de sus aulas, desaparecidos y asesinados, son los verdaderos «goles en contra» que sufrimos como sociedad. Esas tragedias no pertenecen a un bando político; son heridas sangrantes en la camiseta de la patria.
Que la política no nos divida en facciones ciegas mientras la inseguridad nos golea a diario. Anhelo que despertemos a una libertad real, no la que se grita tras un gol, sino la que se respira al caminar seguros por las calles. Que el Mundial nos enseñe que el verdadero triunfo de Ecuador no estará en la tabla de posiciones, sino en nuestra capacidad de unirnos, como un solo equipo inquebrantable, para exigir justicia, paz y un mejor mañana. Al final, el partido más importante lo jugamos todos los días.
Lucía Margarita Figueroa Robles
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