La salud de una sociedad no se mide únicamente por sus cifras económicas ni por sus estadísticas de seguridad. Se mide, sobre todo, por el valor que le otorga a la palabra. Y cuando esa palabra, en boca del poder, se vuelve un instrumento de engaño, algo profundo y silencioso comienza a romperse. El verdadero peligro de un gobierno que opta por la mentira sistemática no está solo en el incumplimiento de sus promesas. Está en el daño psicológico que produce en sus ciudadanos. Tolerar el engaño es, sin darnos cuenta, comenzar a normalizarlo. Y normalizar la mentira es quizás el acto más destructivo que puede vivir una democracia. Un gobernante no es un monarca intocable. Es el principal empleado público de una nación, elegido y financiado por su gente. Cuando miente de forma contumaz, despojado de toda vergüenza, no solo distorsiona la realidad: comete una agresión psicológica contra quienes lo eligieron. El ciudadano común, atrapado entre la dureza de su vida cotidiana y el relato idílico del poder, empieza a experimentar algo muy parecido al desamparo. Ver la mentira expuesta, y notar que no hay consecuencias, genera algo peor que la indignación: genera letargo. Y el letargo colectivo es la antesala del cinismo. Cuando una sociedad acepta con resignación que le mientan en la cara, destruye el criterio moral de sus jóvenes y desensibiliza a sus adultos. Crea una cultura donde la verdad ya no importa, y donde la política se convierte en teatro. Recuperar la dignidad colectiva exige rebelarse, pacíficamente, contra ese malabarismo verbal. Castigar la mentira no es una cuestión de ideología: es un imperativo ético de supervivencia. Porque un pueblo que aprende a vivir en la simulación está condenado a perder, tarde o temprano, su propia libertad. Y lo más trágico es que lo habrá perdido sin que nadie se lo arrebatará. Lo habrá entregado, poco a poco, cada vez que decidió mirar hacia otro lado.
Marco A. González N.
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