Madre: amor puro y eterno

Con infinitos testimonios afectivos, ayer, festejamos a la madre, agradeciendo a Dios por quienes, disfrutan de su presencia y gozan de las delicias de su amor, o agradeciendo a Dios por el regalo que nos dio cuando la tuvimos y que, ahora, porque así es la dialéctica vivencial, ya no sentimos su calor ni físico ni espiritual, pero sí, sus recuerdos que serán imborrables.

El don más sublime de la mujer es la maternidad, cuando ella ofrenda su cuerpo para concebir al fruto de su amor y siente cómo, día tras día, durante nueve meses, ese pequeño ser se va desarrollando hasta que, con el alumbramiento, nace para la vida y para llenar de gozo a sus padres y familiares. Ese momento comienza la verdadera misión de la madre, obviamente, del padre: criarlo en sus primeros días, meses y años e ir disfrutando de sus testimonios de inocencia, de sus gracias y ocurrencias que deleitan a los suyos y llenan de felicidad el hogar. Ella, la madre: vive, goza y disfruta cumpliendo con su deber de crianza, brindándole todos los cuidados para que su desarrollo se enmarque en los parámetros de la normalidad; pero, también sufre y llora cuando su niño(a), adolece de algún problema de salud o algo le hace sufrir.

Hablamos de hogares en donde las posibilidades económicas son afines a los requerimientos de lo que se necesita para forjar el crecimiento de los hijos; sin embargo, cuando la economía no abastece para cubrir las necesidades prioritarias, hemos visto a madres llevando a sus hijos sobre sus espaldas, laborando en trabajos de variada actividad. A veces, incluso, mendigando, porque el amor de madre no sabe de vergüenzas cuando del bienestar de sus hijos se trata.

Hemos celebrado a la madre, homenaje que debemos brindarle todos los días de nuestra vida, porque su amor es puro, incondicional, eterno y, sobre todo, verdadero. Nunca termina su misión, desde que nos trajo al mundo hasta que nos ha visto realizados en todos los sentidos; por eso, bendita seas madre, por tu amor, por tus desvelos, por tus caricias, por tus reprimendas, por tus sonrisas y tus lágrimas, por tus consejos y orientaciones. Y si ya estás en el cielo…bendito sea tu recuerdo.

Darío Granda Astudillo

dargranda@gmail.com

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