Asamblea o corte: el circo dorado de los linajes

La política nacional en la actualidad se ha convertido en un teatro con zona VIP para apellidos rimbombantes. Jóvenes con más pedigrí que estudios, más conexiones que méritos, ocupan escaños legislativos como si fueran tronos familiares. Sus apellidos, algunos tristemente célebres, de esos que suenan a antiguas haciendas y cuentas bancarias en Panamá, les abren puertas que el talento jamás podría. Cabe preguntarnos, ¿Es esto una democracia o el renacimiento disfrazado de la vieja aristocracia criolla?

Nuestra historia política es un ciclo perverso: los mismos apellidos de 1830 siguen decidiendo en 2024, solo que ahora visten trajes de Zara y zapatos de Prada en lugar de casacas de terciopelo. Los datos son elocuentes, mientras el país está lleno de profesionales de altísimo nivel que yacen en el desempleo y subempleo, 25 asambleístas no cuentan con un título de tercer nivel. Sus currículos muestran más vacíos que logros, pero sus cuentas bancarias rebosan de ceros.

Esta nueva nobleza sin corona gobierna con la arrogancia de quien nunca ha hecho fila en un hospital público. Redactan leyes entre brindis de champán, ignorando que fuera de sus urbanizaciones cerradas, el país real se desangra. Como escribió Vargas Llosa, «el privilegio es ciego a su propio privilegio». Es infantil pensar que a este nuevo gobierno pondrá los intereses del pueblo por encima de los suyos.

¿Hasta cuándo permitiremos que el mérito sea secuestrado por la genealogía? La verdadera democracia exige igualdad de oportunidades, no de apellidos. Como alertó Galeano, «la caridad es humillante porque se ejerce verticalmente y desde arriba; la solidaridad es horizontal e implica respeto mutuo».

Jorge Abad

jhabad@utpl.edu.ec

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