
Los grandes héroes de la literatura se muestran en los momentos en los que una nación enfrenta a un enemigo despiadado, capaz de terminar con lo que es querido y con lo que puede cimentar un futuro. Los héroes griegos de la Ilíada se revelan cuando se necesita una acción radical y desinteresada que cambie la situación y que llene de valor a todos. Lo propio sucede con los reyes de los dramas de Shakespeare, su carácter heroico se muestra en los peores momentos. «Una vez más en la brecha amigos míos» dice Enrique V a sus tropas y tras esta frase describe el valor excepcional que las penurias de una guerra exigen. Entre los paladines que pueblan los viejos libros hay uno que libra batallas pequeñas, siempre ridículas, y que terminan en derrota aparente, aunque suman victorias importantes en el cometido final de este Caballero de la Triste Figura. Don Quijote de la Mancha combate magos y gigantes que son invisibles para los demás, aunque constituyen una realidad más verdadera que el sol para él porque sabe que detrás de ellos se encuentra una humanidad que ha perdido su ilusión y su valor y que necesita del ejemplo de valentía, de honestidad, de nobleza verdadera que sólo un enmohecido caballero andante puede proporcionar. Don Alonso Quijano sabe que las grandes batallas se libran en la mente de los pueblos. Que el coraje inmenso que se requiere para escoger lo bueno frente a las tentaciones del dinero sucio sólo puede alcanzarse en el fuero interno de los ciudadanos y que la decisión de seguir adelante pese a las amenazas de supuestos gigantes debe crecer dentro de cada uno de nosotros. El vendedor que decide salir a la calle a luchar por su sustento, la madre que lleva a sus hijos a la escuela, el profesor que se para frente a su clase son los ejemplos quijotescos que el Ecuador necesita ahora y que necesitará siempre.
Carlos García Torres
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