
La propagación de ese foco canceroso llamado corrupción ha llegado a las entrañas de la función judicial bajo el auspicio de narcotraficantes y abogados serviles que ganan procesos bajo la mesa y fuera de las Cortes, con la aceptación de funcionarios judiciales, cuyas consciencias son adquiridas con dinero para resolver en beneficio del auspiciante.
El caso metástasis es la evidencia de que existen abogados y abogánsteres. Los primeros que pelean jurídicamente en las Cortes y con argumentos que las fuentes del derecho proporcionan. Los segundos que amarran en oficinas y con billete que las fuentes delictivas proporcionan.
Los abogados ofrecen una defensa técnica adecuada y aseguran que tienen argumentos sólidos para triunfar en el caso judicial. Los abogánsteres ofrecen artimañas, cercanía y afinidad con los operadores de justicia para finalmente asegurar, sin duda alguna, sentencias favorables para sus jefes, porque aquel que ordena no se lo puedo llamar cliente. Los abogados reconocen que tienen argumentos, mientras que los abogánsteres con una posición atrevida ya aseguran ganar el caso por la simple razón de que lo tienen comprado al fallo.
Los abogánsteres son parte de la cadena de la corrupción porque saben sobre esa fórmula del mercado, oferta y demanda. En este caso, si hay la demanda de comprar sentencias es porque hay la oferta de jueces disponibles a resolver a cambio de dinero u otros servicios. A esta clase de jueces, que aseguro son un grupo reducido, son operadores de la corrupción judicial y no de la justicia. En este mundo hay de todo. Distingamos a los abogados y a los abogánsteres, a los operadores de justicia y a los operadores de la corrupción para denunciar a aquellos que sacrifican la justicia por el facilismo del dinero.
Carlos Orellana Jimbo
ab.carlosorellana@hotmail.com