Sin dudas, la obra maestra de Dios, ha sido la creación de la mujer: ser maravilloso dotado de encanto insuperable, con una sensibilidad que desborda en todos sus actos, con sentimientos que concentra en su corazón, principalmente el amor, que ofrece sin reparos a sus seres queridos y con una inteligencia capaz de transformar el mundo…y vaya que lo ha logrado.
Admiramos a la mujer en su porte físico con deleites especiales que hacen que los hombres las admiremos y volquemos nuestros afanes por ganar la llave de su corazón que se trasluce en la lozana frescura de sus encantos. Queremos siempre su compañía porque, con ella, la felicidad es completa.
Admiramos a la mujer como esposa y madre. En ella el amor toma forma de árbol de vida: la entrega sublime a su pareja y, luego, los frutos de ese amor que son los hijos por quienes se desvive: les brinda cuidados, protección, lucha más allá de sus límites por verlos íntegros, formados, personas de bien…es capaz de entregar su vida por la de ellos. No importa si es rica o pobre, si noble o humilde, si académica o iletrada; su acción va más allá de estas consideraciones.
Admiramos a la mujer talentosa que, desde sus años de escolaridad, denota sus capacidades de aprendizaje y superación intelectual, hasta cumplir con sus objetivos y ser notables profesionales en todas las ramas, demostrando un alto grado de responsabilidad en el cumplimiento de su deber.
Admiramos a las mujeres que, con el propósito de servir al pueblo, han incursionado en el campo de la política; muchas se han destacado por sus propios méritos, logrando prestigio y respeto en funciones de alto nivel.
Entonces, por qué colocar a la mujer en un pedestal sólo el 8 de marzo, su día clásico, cuando todos los días merece el reconocimiento que la vida le va generando, junto al hombre, con quien, construye el futuro para la familia y la sociedad. Que la celebración del Día Internacional de la Mujer sea un día para la reflexión y para su valoración total, propiciando un mundo de equidad de género y de nobleza de sentimientos.
Darío Granda Astudillo
dargranda@gmail.com