La mentira de por sí, es un mal innecesario, pero de uso consuetudinario, se sabe que es una práctica por demás aberrante, pero la hemos posicionado como una rutina constante.
Dada la experiencia mediática-social, y recientemente política-electoral, definitivamente somos una sociedad que maneja mejor una mentira demagógica que una verdad incómoda.
Fustigamos con vehemencia al opositor, a los gobiernos del pasado, las noticias amarillistas o la crónica roja, pero quedamos impávidos ante un gobernante que nos miente en la cara, en temas tan profundos como la corrupción vigente o la debacle publica-social.
Probablemente todo corresponde al modelo político que elegimos, y en ese caso todo está bien, pues recordemos que en elecciones optamos por una campaña publicista marketinera sobre una campaña política real. Y claro en el momento en el que el “Merchandising” superó al mensaje político ya erramos como sociedad.
Vemos lo que quieren que veamos y nos dicen lo que queremos oír. Seguramente cada informe y cada noticia es parte del guion que se redactó para un buen gobierno, pero no es la verdad, y así nos anuncian obras no construidas, planes no ejecutado y claro lesiones que no sucedieron. Apelan a la sensibilidad, a la angustia, a la empatía que no tienen, más afín a un reality show que a un gobierno nacional.
Lamentablemente para el gobernante, la modernidad rebasó la capacidad de control mediático, y no estamos en la distópica realidad Orwelliana de 1984, sino en la decadente verdad ecuatoriana 2023.
Conocemos la verdad, la queremos gritar, pero la inacción e indiferencia social es más aplastante. Seguiremos siendo receptores de un transistor de mentiras, mientras no se cambie el emisor, “porque nada cambiaría mientras el poder siga en manos de una minoría privilegiada”.
Jorge Ochoa Astudillo
socjorgeochoaa@gmail.com