El país -nuestro país- se desangra por la histórica falta de acuerdos; por el olvido al que el poder ha sometido a grandes grupos sociales y productivos, cuyo bienestar resulta clave para sostener la estructura misma del Estado y de los que, al parecer, solo nos acordamos por ausencia de huevos, y otros alimentos en nuestras mesas, o cuando no podemos circular libremente.
Pero la protesta social pierde sentido, cuando los líderes indígenas -algunos de ellos descaradamente violentos- obedecen solo al cálculo politiquero, no son capaces de plantear sus reclamos -la mayoría de ellos justos- adecuada y técnicamente y, no tienen soluciones viables a los problemas trascendentes.
El Ecuador se destroza por vía del dogma ideológico de un Gobierno ineficaz, que no invierte en lo elemental, que propone diálogo, pero actúa en contrario, que parece no escuchar y comprender que su prioridad como mandatario, es generar oportunidades de desarrollo primero para los sectores más empobrecidos. Un Gobierno que terminará perdiendo en lo político y sin otra opción que ceder a destiempo.
La institucionalidad se debilita por las claras intenciones desestabilizadoras de la Asamblea Nacional, disfrazadas de recursos constitucionales y legales que esconden otras intenciones.
La joven democracia se pierde en la falta de confianza en “el otro”, en el diferente, en las instituciones; mientras tanto los ciudadanos de a pie, los padres de familia, los trabajadores, los empresarios, los estudiantes, nos quedamos presos de las intenciones coyunturales, beligerantes, irresponsables, de algunos pocos personajes que, aunque elegidos por nosotros, parecen no estar capacitados ni merecen representarnos.
La indiferencia, el irrespeto y la mediocridad están hasta ahora, ¡ganándonos la larga batalla!
Carlos Granda T.