Vivir o sobrevivir

Los años pasan y, aunque intentemos negarlo con fotos sonrientes en redes o viajes financiados a crédito, la sensación de fondo es otra: la calidad de vida se erosiona, lenta y silenciosamente. Llegar a fin de mes se ha vuelto un acto de equilibrio, donde cada decisión económica exige renuncias invisibles.

El problema no es solo material; también afecta las expectativas. Trabajar más, capacitarse, prepararse, ya no garantiza crecimiento. Para algunos, el esfuerzo apenas sostiene la posición alcanzada; para otros, ni siquiera eso. La promesa implícita del progreso, esa idea de que el mérito conduce a una vida mejor, empieza a perder credibilidad.

Pero existe otro problema menos evidente y quizá más inquietante: la cultura del estancamiento. En ciertos espacios, el desempeño se percibe como amenaza. No siempre se premia al que mejora, sino al que no incomoda. El talento, en lugar de ser motor, puede convertirse en riesgo. Así, la mediocridad se normaliza y la innovación se enfría.

Sobrevivir deja de ser solo una condición económica y se convierte en una estructura mental. Se sobrevive cuando se reduce el consumo, pero también cuando se limitan los sueños; cuando el futuro se piensa en términos de resistencia y no de expansión.

Ecuador no carece de talento ni de capacidad; lo que enfrenta, es un desafío más profundo: reconstruir la confianza en el progreso y en la posibilidad real de vivir, no solo sobrevivir. Porque una sociedad que se acostumbra a sobrevivir corre el riesgo de olvidar cómo aspirar.

Santiago Ochoa Moreno

wsochoa@utpl.edu.ec

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