Hace pocos días, en esta era de pantallas y mensajes instantáneos, recibí curiosamente una carta; si, una carta de papel, escrita con tinta temblorosa y con la ortografía algo herida.
En ella se leía:
“Qerido doctor: Estoy mui afliguido , me levanto temprano, aro, siembro, rriego, cosecho y trabajo sin parar asta los sábados y domingos y cuando bendo mis productos la plata no me alcanza pa nada”.
La leí una vez, la leí dos veces, y comprendí que aquellas faltas no eran errores gramaticales: eran cicatrices sociales.
Detrás de cada “mui” había una escuela incompleta. Detrás de “rriego” había una jornada interminable bajo el sol. Detrás de cada “parar” había un hombre que no descansa nunca.
Aquel campesino era un hombre se levanta temprano, trabaja la tierra con esperanza y sembraba con fe. Regaba cuando podía y cosecha con humildad. Sin embargo, al vender sus productos casi siempre perdía, y el dinero apenas le alcanzaba para vivir. Trabaja más que muchos y gana menos que casi todos.
De lo dicho se entiende que el problema no está en su ortografía, sino en sus escasos ingresos. Porque cuando el precio lo fija el intermediario y los costos los impone el mercado, el campesino queda atrapado entre su esfuerzo y la injusticia: sin crédito justo, sin seguro, sin apoyo técnico y sin poder de negociación.
Y entonces, a juicio lógico, ocurre lo más grave: el trabajo deja de ser camino de dignidad y se convierte en simple rutina de supervivencia. Esta situación desastrosa y moralmente inaceptable, no se corrige con discursos ni con caridad pasajera, sino con decisiones públicas concretas.
Es natural, entonces, sostener que la regulación de precios justos, el acceso al crédito y la asistencia técnica al productor constituyen pilares esenciales que el gobierno debe asumir con decisión, ya que no se trata solo de una política económica, sino de un imperativo ético, pues allí se regula la dignidad humana del trabajo y la estabilidad social.
Jaime Guzmán R.
jaimeantonio07@hotmail.es