El estrés laboral en la docencia: una realidad urgente que exige respuestas

La docencia constituye una de las labores más complejas y exigentes de la sociedad contemporánea. Su ejercicio no se limita al aula ni concluye al finalizar la jornada institucional, sino que se extiende al ámbito personal y familiar del docente. Educar implica una dedicación constante, silenciosa y, en muchos casos, poco visibilizada, que demanda compromiso permanente y vocación sostenida.

Ser docente no significa únicamente poseer un título profesional. Implica formación continua, actualización pedagógica y la capacidad de responder a la diversidad de realidades presentes en el sistema educativo. Cada clase exige planificación, adaptación metodológica, reflexión crítica y búsqueda de estrategias inclusivas que atiendan las necesidades individuales de los estudiantes, lo cual incrementa progresivamente la carga laboral.

Uno de los aspectos menos reconocidos de la docencia es el desgaste mental y emocional que conlleva. El agotamiento docente no se manifiesta principalmente en el plano físico, sino en una sobrecarga psicológica acumulada. Además de su rol académico, el maestro asume funciones de orientador, mediador y apoyo emocional frente a problemáticas sociales, familiares y afectivas cada vez más complejas.

Paradójicamente, esta carga no suele contar con el respaldo institucional necesario. En muchos contextos, los docentes carecen de apoyo psicológico, acompañamiento pedagógico efectivo y espacios formales de contención. A ello se suma una carga administrativa excesiva que limita el tiempo destinado a la reflexión pedagógica y al autocuidado profesional.

Las consecuencias de esta realidad son preocupantes. El estrés laboral docente ha generado un aumento de enfermedades físicas y psicológicas, licencias médicas prolongadas y, en casos extremos, la imposibilidad de disfrutar una jubilación digna. Pese a ello, los docentes continúan apostando por su formación, aunque este esfuerzo rara vez se traduce en reconocimiento o mejora laboral.

Resulta imprescindible comprender que el docente no es un recurso inagotable, sino un ser humano. Invertir en su bienestar no es un gasto, sino una responsabilidad social impostergable de la que depende el futuro educativo y social

Alejandra Jiménez Campoverde

jimajc_19@hotmail.com

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