Vivimos en una época marcada por la modernidad líquida, un concepto desarrollado por Zygmunt Bauman para describir una sociedad donde las estructuras sólidas, como instituciones, valores y proyectos colectivos, se diluyen frente a la inmediatez, la improvisación y la fragilidad del compromiso. En este contexto, la política no ha sido ajena a este fenómeno, volviéndose volátil, emocional y en muchos casos, desconectada de su función esencial como instrumento de organización social y desarrollo territorial.
En el Ecuador y particularmente en ciudades intermedias como Loja, la modernidad se manifiesta en una carencia política estructural caracterizada por la ausencia de visión de largo plazo, el debilitamiento de la planificación estratégica y el reemplazo de la gestión por el discurso. La política deja de ser un ejercicio racional de gobierno y se convierte en un espacio de narrativas efímeras, donde el anuncio sustituye al resultado y la imagen desplaza a la obra concreta.
Desde una perspectiva filosófica, el problema no radica únicamente en la falta de recursos o en coyunturas económicas adversas, sino en la ruptura del sentido de continuidad histórica. La política líquida niega el pasado en lugar de superarlo críticamente, rompiendo la dialéctica entre lo que fue, lo que es y lo que debe ser.
En el plano geopolítico, Loja ocupa una posición estratégica que exige gobernanza sólida y experiencia administrativa. Su desarrollo no puede depender de improvisaciones ni liderazgos episódicos. Cuando la gestión pública pierde su carácter estructurante, incluso lo que funciona comienza a deteriorarse. El impacto se refleja en servicios inestables, obras inconclusas e instituciones debilitadas. La verdadera modernidad no radica en lo nuevo por lo nuevo, sino en la capacidad de sostener procesos y asumir la política como responsabilidad histórica, ya que una sociedad se define por lo que es capaz de sostener en el tiempo.
Camilo Sebastián Moreno Cabrera
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