En democracia, las reglas no se cambian al gusto del gobierno de turno. Y, sin embargo, eso es justamente lo que hoy inquieta en Ecuador. No solo por el adelanto de las elecciones seccionales, sino por el contexto en que ocurre: partidos suspendidos, amenazas de cancelación contra organizaciones políticas, instituciones electorales cada vez más dóciles y un oficialismo que parece decidido a competir con la cancha despejada.
La verdad es que aquí no estamos discutiendo una simple fecha en el calendario. Estamos hablando de algo más profundo: la calidad de la competencia democrática. Porque cuando se comprime el tiempo político, los más golpeados no son quienes tienen dinero, maquinaria y aparato estatal. Los más afectados son las candidaturas territoriales, los movimientos locales, la organización comunitaria, ese trabajo paciente de caminar barrios, tocar puertas y construir confianza sin grandes chequeras detrás.
Además, preocupa la justificación. Se invoca un posible fenómeno climático con demasiada anticipación y con una seguridad que no se compadece con la incertidumbre propia de estos escenarios, algo que ni en pandemia se atrevieron a hacer. Y eso deja un sabor amargo. Porque cuando una decisión tan sensible se toma con argumentos débiles, la sospecha política no nace del capricho: nace de la prudencia.
No se trata de llorar por una candidatura ni de defender una camiseta partidista. Se trata de defender principios. La democracia no muere solo cuando cierran el Congreso o callan de golpe a toda la prensa. A veces empieza a vaciarse más silenciosamente: cuando se persigue a opositores, cuando se hostiga a autoridades incómodas, cuando se manipulan tiempos y reglas, y cuando se normaliza que el poder se administre sin contrapesos.
Y es que una democracia sin contendores reales termina pareciéndose a una ceremonia vacía. Bonita por fuera, pero hueca por dentro.
Todavía estamos a tiempo de decirlo con claridad: no hay legitimidad posible cuando el poder, en lugar de ganar limpiamente, decide acomodar la cancha a su favor.
Álex Daniel Mora Arciniegas
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