Existe una dimensión de la vida que hemos aprendido a esconder, mientras hablamos con naturalidad sobre nuestra salud física, acudimos al médico cuando algo nos duele y procuramos prevenir enfermedades; sin embargo, todavía nos cuesta reconocer que la mente también enferma, que las emociones también requieren atención y que pedir ayuda no nos hace más débiles.
Y es que la salud mental y la inteligencia emocional son fundamentos de una existencia equilibrada, para afrontar las adversidades, establecer vínculos saludables, tomar decisiones y convivir de forma menos violenta con los demás.
La reciente tragedia ocurrida en Times Square en la que se involucra a una ecuatoriana con problemas de salud mental, quien protagonizó un ataque con arma blanca contra dos personas y posteriormente murió tras recibir disparos de la policía, nos lleva a preguntarnos ¿qué señales permanecen invisibles, qué sufrimientos no estamos escuchando y cuántas veces confundimos el silencio con el bienestar?
No hay duda que cada individuo transita su camino llevando consigo una historia que los demás desconocemos. Puede ser nuestro vecino, nuestro compañero de trabajo, el estudiante que se sienta al fondo, el amigo que dejó de llamar, el familiar que responde “estoy bien” mientras libra una batalla silenciosa.
Por eso la educación emocional no debería ser un complemento ornamental del currículo. Debería formar parte de la educación para la vida. En cada núcleo familiar y en las instituciones educativas necesitamos aprender a nombrar las emociones, reconocer señales de alarma, desarrollar empatía, gestionar la frustración y comprender que solicitar acompañamiento psicológico es una forma de cuidado.
También necesitamos formar adultos capaces de escuchar. Porque enseñar matemáticas, literatura, ciencias resulta insuficiente si no enseñamos simultáneamente a vivir con otros y a reconocernos a nosotros mismos. Quizá una sociedad verdaderamente educada no sea aquella que únicamente acumule conocimientos, sino aquella que aprenda a cuidar la fragilidad humana.
Lucía Margarita Figueroa Robles
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