El fútbol, el reflejo de un país que se resiste a perder la fe

Los sueños de un pueblo parecen quedar esparcidos en el suelo inhóspito de la desesperanza cuando se pierde lo único que nos rescata, al menos por un momento, de la dura realidad en la que vivimos. Esa válvula de escape se llama fútbol, un deporte que enciende pasiones, más aún en época mundialista y que prometía grandes hazañas para nuestra selección. Llegábamos con caras nuevas, líneas renovadas y una generación brillante que juega en ligas de élite, donde el talento es la clave para competir.

De este equipo se esperaba la gloria: clasificar a la siguiente etapa era la consigna. Sin embargo, tras la intensidad del primer encuentro y una derrota despiadada, recibimos una estocada que dolió, pero no mató la ilusión. Días después, un rival sobre el papel inferior nos daba la oportunidad de respirar un ambiente de triunfo. Pero lo esperado nunca ocurrió. Por lo que nuestros sueños de gloria se esfumaron, sintiéndose hoy tan distantes como la promesa de un país seguro, próspero y libre de corrupción.

Tanto en la política como en la cancha, para ganar hay que luchar. Hay que poner la carne en el asador, sudar la camiseta y sentir el orgullo de representar a una nación. Lamentablemente, a nuestras figuras les faltó ese despertar futbolero; sobró conformismo, “sacos de plumas” y faltó garra. A veces se prefiere el juego al atropello, con menos técnica, pero con el corazón en la mano hasta el último minuto que determine un resultado favorable.

Como buenos ecuatorianos, la fe es lo último que se pierde. Aunque la espada de Damocles pende sobre nuestro cuello y el fantasma de una eliminación temprana acecha, nada está dicho todavía. Mientras el destino se decide en la cancha, a nosotros nos queda volver a nuestra realidad y seguir luchando, con esa misma fuerza, por el bienestar de nuestras familias.

Paúl Cueva Luzuriaga

paulscueva@hotmail.com

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