Del café y otras adicciones duras

Hace poco, mi esposa increpaba: ¡Has sido una mala influencia! –me decía- ¡Antes tomaba solo una tacita de café al día, hoy sino es en jarro, me quedo a medias!
Antes, my wife consumía de los instantáneos, además. Con el tiempo ha agarrado gustito por el que se prepara en chucho o chuspa, con dosis de queso amasado y pan horneado crujiente. Una vez adentrado en el consumo, se combina con: bollo, tamal lojano, humita o molloco.
Doy fe, que una de las adicciones que tenemos lxs lojanxs es al café, y es casi inconsciente. No es sino hasta que, algún ajeno nos hace caer en cuenta que consumimos: café en el desayuno, cuando recibes visitas, mientras estudias, para recuperarte rápido de unos tragos, o el ya famoso pretexto para encontrarte con alguien “tomémonos un café”.
El consumo está socialmente aceptado desde que uno es guagua, y cuando hay algún finado, ahí está consolando a los deudos un cafecito con roscas. No es extraño encontrar mini cultivos clandestinos de caturra, en jardines caseros. Y si a uno le toca migrar, es infalible en el equipaje Café de Loja recién molido, embalado en cartón.
Según sea la adicción de la plebe, se puede probar variantes: café asustado, con canela, café con o sin azúcar, o endulzado con panela. Algunxs le echan encima trozos de queso, pero ésa es otra conversación.
Actualmente en la ciudad existe amplia oferta de café de especialidad, con tazas que pueden costar hasta unos USD $10. No es para menos, en esta región donde los productores han ganado tazas doradas a la calidad.
No es mi intención inducirte; solo, prevenirte que, el riesgo es que quieras disfrutar el conocer a la hermosa tierra cafetalera que lo produce y disfruta.

Marlon Tandazo Palacio
@MarlonTandazoP

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *