La felicidad

La felicidad es una de las palabras más usadas y, paradójicamente, una de las más incomprendidas de nuestro tiempo. Es empleada en multitud de campañas publicitarias, redes sociales y mensajes motivacionales, como si fuera una meta: clara, alcanzable y permanente. Sin embargo, cuanto más se nos exige ser felices, más parece escaparse ese ideal.

A lo largo de los años hemos asociado a la felicidad con la acumulación: logros, bienes, experiencias que mostrar y validar de forma pública. Se nos induce a medirla en resultados visibles, como: éxito profesional, estabilidad económica o la aprobación ajena. Pero aquella visión deja a una verdad incómoda fuera de escena: la felicidad no es un estado continuo, sino un momento frágil, intermitente y profundamente humano.

Aceptar esto, implícitamente nos lleva a renunciar a la ilusión de una felicidad constante. Nos obliga a entender que la tristeza, el cansancio y la duda no son fracasos personales, sino elementos inevitables de la vida. El error per se no está en desear ser felices, sino en exigirnos estarlo todo el tiempo, bajo condición de ser exhibida y validada públicamente, escondiendo cualquier otra emoción, como si fueran, un defecto a corregir.

La felicidad, en su forma más genuina, suele aparecer en lo simple: una conversación sin prisa, un abrazo inesperado, un silencio compartido o la sensación de estar en paz con uno mismo ante un mundo incierto. No siempre es euforia, muchas veces, es calma. No siempre es realización, a veces, es apenas una pausa.

En una sociedad agitada y sin descanso, reflexionar sobre la felicidad, es un verdadero acto de resistencia. Tal vez la cuestión no sea perseguirla, sino aprender a reconocerla cuando llega y permitirnos, sin culpa, los momentos en que parece distante. Porque al final, una vida auténtica no se mide por la “felicidad”, sino por la conciencia con la que se vive.

Néstor S. González Marca

nestor.gm.loja@hotmail.com

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