Hay naciones o gobernantes de naciones que se han convencido de que la paz debe estar basada en el poder de disuasión. Dicen: “Impongo la paz, porque soy el más fuerte, hasta tal punto que mi enemigo no se atreve a agredirme”. Lo que equivale a un reinado del terror mutuo. Esta situación de equilibrio del todo inestable, no es paz, porque no es fruto de un respeto mutuo para convivir en armonía, sino producto del miedo.
En Rusia y sus conflictos de invasión con Ucrania; Israel y sus conflictos con Palestina, Irán, Gaza y en otros pueblos, nuestros hermanos se matan con armas compradas o “regaladas” por países que se hacen ricos con su fabricación y venta.
¿Por qué se siguen produciendo armas? Porque se quiere imponer un sistema social, en el que el humano no importa.
También estamos implicados en otra clase de conflictos, para los que utilizamos otro tipo de armas: violencia física y sicológica fuera o dentro del hogar, con compañeros de trabajo, o personas a las que tenemos que prestar servicios, o las que acudimos para solicitarlos. Batallas que queremos ganar utilizando la crítica o la calumnia, con el lamento y/o con el resentimiento o el insulto. ¿Qué dice Dios? Somos un pueblo elegido de Dios a recibir la vida de su Hijo; y, por lo tanto, pueblo sacro y amado.
Por ello, al ser un pueblo de hijos y hermanos, tenemos que mostrar a las naciones y a los hombres que es posible vivir en paz. Paz que significa: bienestar material para todos; amistad con Dios y con los demás; no oprimir, no sojuzgar, no violentar, no depredar, no robar, no cometer injusticias.
Sigue estando siempre viva la esperanza de que la paz, don de Dios, es posible; y, Dios ha querido que la familia sea la promotora de esos lazos de comunión, respeto, tolerancia, y por ende de paz. Aún estamos a tiempo de acoger esta bendición y hacer que este recién estrenado 2026 traiga paz a todos.
Edgar Alejandro Ojeda Noriega
eaguasysuelos1@gmail.com