El “moñeco” es un dispositivo de comunicación que utiliza una máscara (ya sea técnica, moral o identitaria) para validar agendas políticas y blindarlas frente a cualquier crítica racional.
En el caso therian, el moñeco es la «identidad sentida» usada como escudo para que, al cuestionar el delirio biológico, el disidente sea expulsado del debate bajo la acusación de intolerancia.
Aplicando la tesis de Pedro Herrero, estamos ante un dispositivo de captura institucional diseñado para dinamitar la noción de realidad compartida.
El «moñeco» aquí es la autodeterminación absoluta. Al presentar la identidad animal como un derecho civil, el sistema blinda al sujeto tras una máscara de victimismo. Si cuestionas la lógica de un adolescente aullando en el aula, no estás debatiendo; estás «cometiendo odio». El moñeco está diseñado para que el desencuentro civil sea imposible: o aceptas la ficción o eres expulsado del consenso moral.
Mientras la opinión pública se desgasta discutiendo excentricidades identitarias, el poder opera sin fiscalización. El therian actúa como un Mcguffin político: una distracción extravagante que fragmenta la sociedad en nichos microscópicos, haciendo imposible cualquier resistencia colectiva frente a problemas materiales reales (vivienda, energía, inflación).
Romper el moñeco implica señalar el truco. No es una cuestión de «tolerancia», sino de gestión de la atención. Al reconocer que estas identidades son funcionales al poder para disolver los límites de la razón, el moñeco se agrieta. El objetivo final no es «ser un lobo», sino que tú dejes de ser un ciudadano capaz de distinguir la realidad de la propaganda y dejes de molestar al poder.
Victoriano Suárez Álvarez
victorianobenigno@gmail.com