Hay quienes se atormentan con el recuerdo del pasado; otros en cambio se angustian con el temor de las desgracias que encierra el futuro; ambos casos son ridículos, pues el primero ya no nos concierne y es demasiado pronto para el otro…Se debería considerar cada día como una vida aparte.
¿Has tenido alguna vez la impresión de que pasas las horas del día como si no tuvieran ninguna importancia?
Tal vez pasas demasiado tiempo recordando los “buenos tiempos” (o quizás no tan buenos), o imaginando con demasiada ansiedad un futuro incierto.
Vivir de este modo es arriesgarse a perder el hoy: el mejor momento que tenemos para influir sobre nuestra familia, nuestros amigos o extraños, la mejor oportunidad a nuestro alcance para ayudar a formar un mundo mejor.
No deberíamos mirar hacia atrás, a no ser para sacar lecciones útiles de viejos errores, y con el propósito de sacarle provecho a la experiencia que tanto nos ha costado.
Nuestra preocupación por el futuro también tiene su lugar. Podemos, y deberíamos fijarnos metas y hacer planes que nos ayuden a mejorar el modo en que actuamos hoy. El futuro vendrá de todos modos, tanto si nos lo imaginamos, cuánto si no nos preocupamos por él, y probablemente será distinto de lo que pensamos.
Por lo tanto, no dejemos que los recuerdos del pasado ni los sueños del futuro, anulen el presente. No permitamos escapar el día de hoy.
El tener miedo no es un problema; el problema es “no hacer nada cuando se tiene miedo”, y lo mejor es que nos arriesguemos.
La ayuda de Dios viene con este primer paso, y va aumentando con los siguientes que damos.
Edgar Alejandro Ojeda Noriega
eaguasysuelos1@gmail.com