Cuando era niño, creía que los escasos billetes que llegaban a casa tenían el mismo valor que las hojas de los árboles que abundan en mi pueblo. Son parecidos y deben tener un valor similar le decía a mi padre, quién libraba una batalla contra el cáncer, mientras yo en mi mente urdía un plan para salvarlo. Salía al patio sigilosamente y juntaba las hojas caídas de una frondosa planta de café, quebradizas, con el mapa de la enfermedad dibujado en sus nervaduras y las apilaba sobre la mesa de cepillar de mi papá. “Para el médico”, le decía a mi madre, y ella me miraba con una sonrisa compasiva. Yo estaba seguro de que el doctor aceptaría trueques: un puñado de hojas por un jarabe, un fajo de hojas a cambio de una quimioterapia. La pobreza tiene esa lógica de niño, donde la voluntad lo puede todo.
El café, sin embargo, siguió dando hojas y mi padre luchó contra el cáncer hasta que el silencio se lo llevó una madrugada sin luna de junio. Nunca supe si mis fajos de hojas hubieran alcanzado para curarlo; solo sé que las enterré con él, en un cajón de madera que olía a tierra húmeda.
Con el pasar de los años y después de mucho tiempo de estudio, una vez graduado de la universidad tuve la suerte de entrar a trabajar como cajero en el banco más importante del país, donde mi trabajo consistía precisamente en contar billetes y armar fajos, esta vez ya no para salvar a mi papá sino para ganarme la vida. A veces, en la pausa del mediodía, mirando mis manos recuerdo a mi padre hace más de 20 años sonriendo por mi inocencia y elevo un suspiro al cielo en agradecimiento a la vida por los valores aprendidos.
Sin embargo, cuando un billete se me escapa y flota hacia el suelo, me gusta pensar que es una hoja más que regresa a la tierra, y que, en algún patio, otro niño la recogerá creyendo que con ella puede cambiar el mundo o al menos su destino.
Jorge Abad
jhabad@utpl.edu.ec