Bohème

Por esas cosas maravillosas de la vida, llega a mí el ensayo de Manuel Espinosa Apolo, César Dávila Andrade: la noche y la bohemia quiteña, publicado en la Revista Andina de Letras y Estudios Culturales, Kipus, se pregunta: ¿Qué implica la condición de bohemio y cómo se puede caracterizar y comprender la relación del poeta ecuatoriano César Dávila Andrade (llamado por sus allegados como El Faquir) con la noche, el mundo marginal y el alcohol?

El autor nos cuenta lo que Jorge Enrique Adoum (2003, 184) recuerda en sus memorias: “…que en una ocasión César Dávila Andrade ingresó al hospital a consecuencia de sus excesos alcohólicos y descuidos alimenticios, uno de los enfermeros, para inscribirlo en el registro de enfermos, le preguntó cuál era su profesión y César respondió: ‘La poesía’. ‘No es eso lo que le pregunto —replicó el enfermero— sino en qué trabaja’. ‘En la poesía’, volvió a repetir. (…). César Dávila Andrade es de esos genios atormentados que vivió una intensa bohemia. Pero eso es un pasaje: Dávila Andrade y su obra no han quedado solo en la “literatura nacional”, sino en la continental, como expresa Donoso Pareja, en César Dávila Andrade: Breve antología, de la cual tomo este maravilloso y terrible poema:

ACTOS DE DESESPERACIÓN

Cuando llovía durante semanas y aquel zaguán

rugía blasfemias de torrente y de caballo,

torcíanse las estrellas,

éramos ahuyentados

detrás de los roperos del Diluvio,

y se nos suspendía de la incolora cuerda de los fetos.

Recién ahogados,

teníamos ya el peso retumbante

de los niños de animal y de lodo.

Volvían después radiantes estaciones de mercado.

Era posible salir

y atravesar la oscuridad que rodeaba sus veloces

cumpleaños.

Pero ya nuestra ejecución había sido postergada.

Recuerdo que, junto a una prima, sentados en las gradas atendíamos, con una curiosidad casi clandestina, el diálogo que mi viejo sostenía —(in)tensamente— con Galo Mora Witt, hacia las dos de la madrugada. Hablaban de libros, de política, como siempre, hasta que alguien lanzó la pregunta: ¿cuál es tu libro de cabecera? No hubo pausa. Ambos respondieron al mismo tiempo: solo un tontito tiene un libro de cabecera. Lo demás solo fueron carcajadas.

Ernesto Alvear Sarmiento

ealvear1977@gmail.com

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