Un teatro a cielo abierto

Nuestro Festival sigue siendo una brillante muestra de que la historia de los pueblos nos habla en el presente. A su voz, aunque lejana y a veces acallada, se le hizo justicia institucionalizando este evento, que empieza a ser una señal imborrable de la ciudad. No hay una inclinación única ni natural de los pueblos, pero hay ciertos movimientos históricos de tanta trascendencia que le crearon una vocación a Loja, y le abrieron una oportunidad frente al futuro. La cultura germina en todos los pueblos de formas distintas, como lo hacen otras manifestaciones del espíritu, pero en nuestra ciudad lo hace con mayor intensidad, y la gente siente una pertenencia con ese sentir de cultura.

Frente al imperativo de desarrollo en su sentido más tradicional (maquinal, automatizado, siempre exponencial e incluso violento) hay alternativas que deben seguir siendo discutidas y repensadas. Sin afirmarlo, pero sugiriendo, se puede creer que la cultura puede (¿y debe?) ser un puntal de un desarrollo diferente de la ciudad, mucho más humano, sensible, menos violento con el entorno y con la gente. El evento que es anual, no debería apagarse completamente, deben quedar registros y huellas materiales y simbólicas que nos recuerden siempre que Loja es un escenario permanente, un teatro de cielo abierto. No solo hay que enseñar a los niños a apreciar las manifestaciones culturales, sino también que hay que enseñar a nuestros maestros para que aprecien, se apropien, y puedan entenderlo para difundirlo. Hay que seguir abonando ese viejo camino que se reactualiza y que debemos aportar nuevas luces para que el legado cultural de Loja siga haciéndose mejor, más útil para la vida cotidiana de quienes la habitan y la visitan.

Pablo Vivanco Ordóñez

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