Querer…  ¿es poder?

Cuántas veces hemos dicho o hemos oído de alguien: “No tengo fuerza de voluntad”, con lo que se quiere significar que solo se piensa hacer algo, pero no se lo realiza.

Pues bien, un análisis de lo que es la voluntad nos permitirá comprender mejor su funcionamiento y su utilización por parte nuestra.

Supongamos que una persona ha desarrollado una buena musculatura y puede levantar un peso de unos 150 kilogramos. Esa persona tiene el poder o la facultad dentro de sí de levantar hasta ese peso. Sin embargo, en algún momento que debe levantar algo pesado, no se determina y no llega a realizar la acción. Debemos estar claros que no es que no tiene la fuerza, sino que no la pone en acción, no la convierte en acto. Diferenciamos lo que es la potencia (o facultad), por un lado, y el acto, por otro.

La fuerza de voluntad es semejante: todos tenemos la facultad de realizar diferentes acciones. Pero existe también el momento de utilizar esa facultad. Si no lo hacemos, no es que no tengamos voluntad: es que no la ponemos en acción.

Alguna vez un amigo me dijo que no debería decir que “no tengo voluntad” sino que “no pongo la voluntad”. Esta forma diferente de concebir la voluntad me ha ayudado en algunas ocasiones en que no hubiera hecho lo que quería hacer. Porque me he dado cuenta que yo sí tengo la voluntad como facultad, pero me falta decidirme a último momento: tengo que poner la facultad en juego.

No importa si un millón de veces hemos querido dejar de fumar y no lo hemos hecho. Pensemos la siguiente vez que sí tenemos la facultad. Lo que nos falta es decidirnos a ponerla en juego para que se convierta en un hecho. Debemos decidirnos y decirnos: ¡hazlo ya, ahora! En resumen, querer y poder son correlativos y anteriores a la acción. Falta PONER la voluntad para que haya el acto.

Carlos Enrique Correa Jaramillo

cecorrea4@gmail.com