¡A mí me respetan!

He aquí una palabra relativa, camaleónica y polisémica: RESPETO.

Paralelamente al cambio de milenio han llegado otros cambios en casi todos los campos: político, social, moral, de salud, de educación, de ideologías. Y, también en el lenguaje.

Hasta el siglo anterior, valores como el honor, la dignidad, la lealtad, la honradez, el respeto, etc., tenían un significado definido. No era posible que a un corrupto se lo llamara honorable o que a una desvergonzada se le dijera leal. En este siglo, las cosas son relativas: un corrupto puede ser presidente de un congreso de diputados o de una república, y una desvergonzada bien puede llamarse ídolo. Todo es relativo, dirá una minoría que crece cada vez más. Y, el respeto, también es relativo: se pedirá respeto a los demás, pero se les faltará cuando no estén de acuerdo con quienes lo piden.

Pero la palabra respeto también es una palabra camaleónica, porque se le puede dar diferente color. Así, cuando el sujeto camaleónico mantiene sus ideas, con razón o sin ella, dirá que se debe a que mantiene sus principios, pero cuando el contrario se mantenga en sus principios, dirá que es intolerante e irrespetuoso porque no acepta lo que el camaleón dice. Un terrorista no tiene respeto a indefensas víctimas al hacer explotar una bomba en el centro de una ciudad, pero pide respeto a sus derechos humanos para que no lo metan a la cárcel. Así, esta palabra respeto se vuelve polisémica y puede significar: humillación, acatamiento a todo, meter miedo, resguardo de fechorías, derecho de narcopolíticos, todo… Todo menos “Consideración, acompañada de cierta sumisión, con que se trata a una persona o cosa por alguna cualidad, situación o circunstancia que las determina y que lleva a acatar lo que dice o establece o a no causarle ofensa o perjuicio”.

Carlos Enrique Correa Jaramillo

cecorrea4@gmail.com